domingo, 25 de septiembre de 2016

SEMANA 31



        Lecturas de cuentos de Octavio Escobar Giraldo





La penitencia. Cuento de Octavio Escobar







Octavio Escobar Giraldo. (Foto tomada de: editorialperiferica.blogspot.com).

Por: Octavio Escobar*
-Acúsome, padre. Acúsome por alegrarme de la muerte de Joaquín López.
El sacerdote trató de reprimir su sorpresa:
-¿Mataron a Joaquín López?
-Sí, padre, lo acabaron de confirmar por la radio. Desde esta mañana habían dicho que los del ejército lo estaban identificando.
El sacerdote lamentó, sin expresarlo, no haber escuchado las noticias antes de salir de la casa cural.
-No es muy cristiano alegrarse por la muerte de otro ser humano, hija.
-Lo sé, padre, por eso vine a confesarme.
-¿Conociste a Joaquín López?
-No, padre. Mi padre y mi hermano sí lo conocieron.
El sacerdote recordaba lo descompuesta que estuvo la mujer en el entierro de sus familiares. Se rascó la calva y templó la voz:
-Arrepiéntete de ese sentimiento, hija, es un pecado grave. Reza cinco Ave Marías.
-¿Sólo cinco, padre?
-Si los rezas con devoción, y te arrepientes, sólo cinco. Y que tu hijo no vuelva a faltar a la catequesis del sábado.
-Sí, padre. ¿A las once?
-A las diez, hija. Diez en punto.
-Aquí estará, padre. Le voy a mandar unas mandarinas con él. Están dulcesitas. Y unas brevas caladas.
-No es necesario, hija.
-De todos modos yo se las mando. Gracias por todo, padre.
-De nada. Ve en paz.
El sacerdote bendijo a la mujer a través de la ventanilla velada y esperó unos segundos para salir del confesionario. Dejó todo listo para la misa de las doce y le ordenó al sacristán que se asegurara de que no había otros feligreses dentro de la iglesia y la cerrara. En el atrio acarició la cabeza de dos niños que jugaban balero y cruzó la calle bajo el sol crudo.
La casa cural lo recibió con ese vaho de humedad que le estaba arruinando la voz. Con el control remoto buscó el canal que transmite noticias las veinticuatro horas del día. Confirmado: Joaquín López estaba muerto. Siguió el informativo durante cinco minutos, como para convencerse de que era cierto, y apagó el televisor. Fue a la cocina y se sirvió una taza de aguapanela. Después de bogársela se dirigió a su habitación, se arrodilló al lado de la cama, la vista puesta en el crucifijo tallado en madera de cedro, y rezó quince Ave Marías con mucha devoción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario